Carmen Herrera

Navegando entre imágenes y palabras

Platero y el ratón

Posted by Carmen en junio 13, 2010

Este es un relato que escribí en el 2003, dedicado a Inma Calderón, de Los Libros de Umsaloua.

Hace cuatro meses Platero no tenía nombre. Cuando fui a recogerlo, en un Hotel de Monte Gordo -en el Algarbe-, con tan sólo un par de semanas de vida, era una bolita llena de pulgas (se veían a simple vista, correteando por su barriguilla blanca) y con un par de ojitos legañosos. Lo metí en una cestita, que coloqué en el asiento del copiloto, y me dirigí a casa. En el camino Platero maullaba desde la cestita, yo le respondía, él volvía a maullar… y así se produjo nuestro primer diálogo.

Decidí llamarle Platero, porque es pequeño, peludo, suave, parece que no tiene huesos y tiene un extraño color gris plata en la cabeza y en el lomo; el resto de su cuerpo es blanco, como si fuera todo de algodón. No podía llamarse de otra forma.

Platero aprendió rápidamente a convivir con el resto de los habitantes de la casa. Enseguida demostró que es cariñoso, inteligente, alegre, juguetón… y un poquillo destrozón, para qué voy a negarlo. Le curé los ojitos con colirios, erradiqué las pulgas con insecticida, le desparasité, le vacuné… y el supo mostrarse agradecido, buscándonos para jugar y ronroneando encantado de estar con nosotros.

Conoce su nombre. Cuando le llamo: “Platerooooo, Plateroooooo…” viene corriendo, pero cuando digo: “Platero, a comer…” aparece como una exhalación, resbalando y enredándose con mis pies. Estoy segura de que entiende perfectamente lo que digo.

En estos meses ha crecido mucho, aunque todavía no es adulto, ya tiene bastante apariencia de gato.

Esta mañana, mientras ordenaba el trastero, vi a Platero empeñado en entrar en una caja llena de bártulos inservibles y pensé que era un buen momento para quitar esa caja de en medio. Al mover la caja salió disparado un ratón de su interior. Evidentemente, ese era el motivo del interés de Platero en la caja. Yo di un ridículo chillido y un respingo nada elegante (en realidad mi comportamiento fue bastante vergonzoso). Y qué decir de la reacción de la perra, que también estaba allí y a pesar de su impresionante tamaño comparada con Platero, y no digamos con el ratón, mostró una actitud francamente cobarde, casi tanto como la mía.

El único que supo mantener la adecuada compostura fue Platero. Adoptando un aire de felina eficacia, fue cercando al ratón para hacerle salir de sus sucesivos escondrijos, hasta que lo tuvo acorralado en una esquina. Yo abrí de par en par la ventana que da al campo, para dar una oportunidad de huida al pobre ratón, y la perra y yo salimos del trastero, dejando a Platero abandonado a su suerte para que resolviera el problema a su manera, basándonos en el principio de no interferencia en los asuntos de Mamá Natura.

Poco tiempo después apareció Platero, contoneándose orgulloso, con el rabo enhiesto y el ratón muerto en la boca, y depositó a mis pies el cuerpo del bicho, dando un maullido satisfecho y adoptando una elegante postura de esfinge. Con el ratón muerto en el suelo ante sus patas, me miraba ufano, como si estuviera diciendo: Yo no soy un parásito. Yo también contribuyo al mantenimiento de la familia.

Aceptó mis efusivas felicitaciones con aire digno y grave, como quien recibe un premio que sabe merecido, despreciando con suficiencia las miradas envidiosas que le lanzaba la perra.

Platero no se comió el ratón, supongo que porque está bien alimentado y no tenía hambre (contrariamente a lo que suponen ciertas mentes perversas), así que me tocó a mí deshacerme del cadáver (no lo eché al puchero, malpensados, que sois unos malpensados, que os conozco).

Ahora, Platero está en mi regazo, ronroneando satisfecho, como siempre que me siento ante el ordenador. Está tranquilito y relajado, así que no intenta ayudarme a escribir, como otras veces. Tan sólo mira fascinado la pantalla (dicen que los gatos no ven los colores como nosotros, no sé cómo verá Platero, pero le maravillan los colores brillantes y la publicidad de las páginas de Internet, también le encanta cuando me pongo a trabajar con fotografías).

Pero lo que más le gusta a Platero, lo más de lo más, es ver abrirse y cerrarse la disquetera, sobre todo cuando pongo cedés de colores. Hoy la he abierto y cerrado varias veces, como premio.

Ayamonte, 21 de enero de 2003

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