Carmen Herrera

Navegando entre imágenes y palabras

¿Llegamos pronto a Sevilla?

Posted by Carmen en diciembre 13, 2009

Corpus Barga, que acompañó en la huida de España a Antonio Machado, su madre, y su hermano José, cuenta en sus memorias (Los pasos contados. Una vida española a caballo entre dos siglos), una escena conmovedora que ocurrió tras pasar la frontera de Port Bou y dormir en un vagón, el momento en el que llevó en brazos a la madre de Machado, muy mayor y muy enferma: «Pesaba como una niña, y mientras la llevaba me susurraba al oído: ‘¿Llegamos pronto a Sevilla?’».

Esta tarde-noche se presenta en Tomares el recital ¿Llegamos pronto a Sevilla?, un recorrido, de la primavera al otoño y del verano al invierno, por la vida y obra de Antonio Machado. Recitaré mi poema Que el arte es largo, y otros poemas.

Ensayo el recital, releo a Machado y me emociono como la primera vez que lo leí. La verdad es que no sé si seré capaz de recitar este poema sin echarme a llorar. Cuando lo leo en casa, en voz alta, ensayando, siempre termino llorando, no me preguntéis por qué:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos hechos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí las flechas que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

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